Para vos, mujer

compremde los siguientes cuentos;

- Otra historia de amor
- Grito roto
- Jaque mate
- El traje perfecto







Otra historia de amor
a Chelita





“El amor libera, no encarcela”
Daisaku Ikeda










Las dos de la tarde. Terminó de servir a su hombre y mientras él bebía
su botellita diaria de vino Toro tinto y fumaba sus cigarritos de Fontanares
sin filtro, lavó los platos, planchó sus camisas, ordenó un poco la casa y, sabiendo
que después del vinito prontito dormiría la mona, intentó descansar
en su sillón preferido y se dispuso a ver esa novelita rosa que hacía volar
su imaginación y aflorar sus más íntimos deseos escondidos bajo esa piel
maltratada por los duros años vividos.

La protagonista de esa historia tan sugerente e idílica le hacía olvidar sus
años de frustración y soledad, y le permitía conocer otras formas de amar,
con besos, con palabras dulces y excitantes, con caricias, con olor a flores, que
ella nunca había conocido.

Era su única forma de vivir una emoción, y a él no parecía importarle.
¡Y qué más daba!, total, igualmente seguía ¿viva?
Solo recordaba de su pasado que había salido del yugo de su padre a los
dieciséis años para caer presa eternamente ante el yugo de su marido.
Además, lo único importante era cumplir siempre con sus obligaciones
para ganar el paraíso prometido, y eso lo tenía bien clarito en su tonta
cabecita.

Él llegaba después de sus trasnochadas noches de juerga, casino y alcohol,
la volcaba sobre la cama y, sin mediar palabras, ni caricias, ni nada, la
montaba con toda su violencia. Un dos tres y ya está. Fin de la historia.
Dejaba sobre su cuerpo su sudor nauseabundo, su saliva pegajosa, su semen
caliente y oloroso sin ningún respeto y se dormía inmediatamente. Ella cerraba
sus ojos y, en esos tres minutos que duraba ese coito brutal y malsano,
tarareaba mentalmente una canción: “Qué dirá el Santo Padre, que vive
en Roma, que le están degollando a su paloma”. Respiraba hondamente y
una lágrima escapaba de sus ojos. No importaba ya. Sabía que el paraíso
lo tenía ganado.

Así vinieron sus hijos uno a uno, y se fue dejando, quedando, olvidando,

encapsulando, resquebrajando, malviviendo… pero llegó la tele con esa
maravillosa historia de amor, sabrosa y sensual que le hacía entrever dulces
sensaciones.

El sudor bañaba su cuerpo todo, no tan sol


o por su inducida excitación,
sino también por los 52 grados que abrazaban a la ciudad, cuando de
pronto, un estruendo la ensordeció, un gutural rugido salía desde las entrañas
mismas de la tierra. El piso se abrió en un profundo surco, las paredes
cayeron. Ella de un solo salto estuvo a salvo en el medio de su jardín, y en
un instante de lucidez pensó en los que habían quedado atrapados entre
los escombros y ella allí, libre, segura. ¡Cómo no iba a hacer algo para
salvar lo que más amaba! Después de todo, él la había hecho muy feliz, la
transformó en mujer; por él conoció el amor, por él vibró de felicidad con
su primer orgasmo. No lo pensó más. Pese a que la tierra seguía temblando,
pese al miedo, pese a la incertidumbre, entró nuevamente a la casa y con sus
propias manos, cavó, levantó los escombros y lo encontró.

Sus heridas, aunque graves, ella las curaría.

Con esfuerzo sobrehumano, lo levantó en sus brazos y tambaleando,

llevó al medio del jardín, el lugar más seguro, a su viejo televisor, y juntos
,
fueron testigos del derrumbe.








Grito roto







Cuando él, perdidamente borracho la cercó entre las cuatro paredes de su habitación y puso sus asquerosas manos nuevamente sobre ella, y la golpeó, y la desgarró, y la taladró, violándola reiteradamente hasta que la impunidad que le daba el tener la certeza que continuaría callando, se durmió tranquilamente. 

Quedó extenuada. Destruida. 

Eran muchas las veces en que se sintió obligada a callar, pero esta vez, dijo ¡BASTA!. Juntó fuerzas sobrehumana y de un solo golpe, lo mató. 

Con la mirada perdida en el más profundo de los abismos se dejó trasladar en un patrullero sin ninguna resistencia. Los policías sumaban a la situación un dolor diferente. Un dolor sin dolor, lacerante, largo, 
interminable, y sus comentarios burdos, irrespetuosos, chabacanos que hacían sobre ella no la herían ya. 

En la enorme celda severa y fría de la comisaría donde su único mobiliario era una especie de cama de cemento y un miserable excusado sin puertas pasó la noche más dura y sola que nunca. El olor a orines y la presencia de cientos de cucarachas eran una sola mezcla nauseabunda de las peores de las miserias, únicos compañeros de su absoluto desamparo; pero a ella parecía no importarle. Seguía con la mirada fija, perdida quien sabe donde y solo se permitió reaccionar cuando, a los empujones, fue llevada a una sala y el policía se colocó un guante de látex… 

Esa visión la sacó de si misma y gritó, más bien aulló de terror. Quien sabe que terribles recuerdos la invadieron, aunque solo le tomarían las huellas digitales. 

Pasó toda la noche, sin moverse, con las fuertes luces de las lámparas golpeándole el rostro sin piedad. 
Temprano fue trasladada a tribunales y nuevamente las rejas en ese sótano maloliente y oscuro hasta que llegara el juez a tomarle declaración. 

Un cubículo del tamaño de su pañuelo. La puerta de chapa se cerró exigiéndole, sin respetar su pudor ni su temor, que se desnudara. Revisaron sus ropas. Le obligaron a abrir su vagina y su ano y con una larga vara revisaron sus calzones ensangrentados. La humillación que sintió fue extrema pero ese dolor sin dolor, no dolía ya. Comprendió que había sido violada nuevamente sin la más mínima piedad, por la justicia. 

Llegó su turno. El juez la escuchó repetir una y otra vez lo que había leído en el diario la noche anterior: “De la piel para adentro empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo Yo aquello que puede cruzar o no esa frontera. Soy un estado soberano y las lindes de mi piel resultan mucho más sagradas que los confines políticos de cualquier país”, y en sus ojos, un pequeño atisbo de comprensión pareció darle consuelo. Y quedó libre… 

¿Libre? ... 





















Jaque mate










La idea ronda en su cabeza desde hace varios días. No puede pensar
en nada más. Es una partida de ajedrez en que debe analizar con cautela
cada movimiento para salir exitosa de la contienda.

Las ganas de avanzar le quitan el sueño. Tal vez su imaginación vaya
mucho más allá que la mismísima verdad, aunque… ¿no dicen que muchas
veces la realidad supera la ficción? Y pregunta, ¿será tan así como lo cuentas
tú?... ¿o tú?... ¿o tú…?

No queda otra que decir que sí y tocar, por fin, el cielo con las manos, o
con el alma.

Se decide. Busca a su mejor amigo, lo mira, lo toma de las manos y le
dice ¿vamos?

Él comprende inmediatamente y sin mediar palabras, suavemente, lentamente,
con extrema delicadeza, le devela el misterio. Ella realmente toca
el cielo con las manos, con el alma, con todo su cuerpo.

Y se siente plena, satisfecha.

Al día siguiente, se encuentra con Alex, su novio,;y cuando él la presiona
nuevamente para hacerla suya, para dejarle su marca, ella se deja vencer,
y termina y se siente doblemente feliz porque disfruta de su sexo, porque
no siente culpa, porque sigue siendo fiel a sí misma, porque sigue siendo su
propia dueña aunque él crea lo contrario.

El placer que siente es infinito, sublime. Gira y gira sobre sí misma
riendo como una loca.

Esta partida la gana ella matando al rey. Jaque mate al machismo.






El traje perfecto






Una semana pesada, densa.

El cansancio gana y lo único que espera es una cama cómoda, poder
estirar sus piernas, acomodar sus huesos y dormir y dormir y dormir.
Con su mente en blanco, ningún pensamiento la invade ya; una música
suave y melosa la envuelve. Poco a poco se deja ganar por ese letargo dulce
y tibio que la hace sentir tan reconfortada. Primero los pies… las piernas…
la espalda… los hombros.

Su espíritu se eleva lentamente sobre ella en un cúmulo de recuerdos
distantes, tantos que no alcanza a distinguir cuál de ellos es el primero y
cuál el último. Se siente tan plácidamente en paz.

Llega a su memoria aletargada la imagen de él, alto, seductor, que la
sigue en cada paso y, apenas le roza sus cabellos, su cuerpo se estremece; una
tropilla de caballos revoluciona fuertemente su corazón y todos los poros de
su piel se abren para recibirlo. Sabe que ese hombre que acaba de conocer,
que la inquieta, que la desea, que la calienta, es el definitivo en su larga
vida llena de ricas experiencias amorosas y reconoce en él al amor único,
definitivo y total que la acompaña hasta hoy.

En su dulce y tranquilo sueño comprende que el amor es como ese traje
que le queda perfecto, que no le sobra, ni le falta, ni le ajusta, ni le incomoda,

ni la lastima; así, como la propia piel… el traje perfecto.
Emite un susurrante sonido de placer. Y duerme… y duerme… y duerme...
Duerme junto a él… lo toma de las manos…
y nunca más despierta.









No sabía por qué, pero tenía la sensación de que en su corazón solo
había guardado experiencias dolorosas, cuando este recordar impredecible,
inquieto, desordenado, supo demostrarle que no todo era malo, que también
existían los buenos amores. Y este, particularmente, pese a la tristeza que la
inunda, fue sanador.















La espectadora - Recordando


Recordando
consta de 2 relatos:
La espectadora
Recordando







La espectadora








La muerte se presentía, se palpaba en cada respirar profundo, en cada paso lento, esforzado, cansado. . . Conmovía mi corazón ver el deterioro apresurado de ese hombre inquieto, fuerte, inteligente, de gran cultura y tan ávido de conocimiento que fue mi amor, mi compañero de muchos, muchos años. 

Dolía verlo pasar horas y horas esperando el comienzo en la tele “de la monita”, novela risueña y liviana que le hacía olvidar sus dolores y que muchas veces lograba sacarle una desdibujada sonrisa por lo disparatado de la historia. El esperaba con anhelo las 6 de la tarde. Era la hora mas soñada, su cita mas importante . . .Su encuentro con Natalia Oreiro, su nuevo amor, la mujer que llenaba sus días de nuevas ilusiones, de alegrías , de risas desopilantes. . .después, horas y horas de mirar por la ventana siempre el mismo paisaje, la misma calle, el mismo árbol, la misma puta y maldita soledad. 

El nunca se había imaginado, en su juventud, que algún día esperaría ansioso el comienzo de una novela, pero, allí estaba, sentado en primera fila, cual único espectador de una obra de Moliere. 

Sabía que eran sus últimos momentos. Me decía: - pety ya me estoy yendo- y yo no podía responderle. Sabía que era inmediata su partida y no había palabras llenas de esperanzas que pudieran servir de consuelo, salvo mi mano extendida tomando las suyas, mi abrazo fuerte, cálido y protector, la humedad de mis besos en sus mejillas, y la ingenua intención de retenerlo junto a mí un día más. Tanto él como yo sabíamos que la vida y la muerte eran las dos caras de una misma moneda, que convivíamos con ella desde el mismísimo momento de nacer; que nuestro cuerpo, todo, estaba formado por millones de pequeños universos imperceptibles a nuestras conciencias; universos compuestos por células que día a día morían y eran reemplazadas inmediatamente por otras jóvenes y llenas de energía, sin que lo notáramos. Y así, siempre, una y otra vez, este círculo de vida, de muerte, de vida. . . 


Las 6 de la tarde. Ya no caminaba pero esperaba firme, como siempre la llegada de la monita. Repentinamente una gran tormenta, como hacía muchos años que no sucedía quebró mi aparente quietud. Grandes estruendos de truenos, rayos, refusilos derribaron mis barreras, destruyeron mis defensas. 
En un segundo se hizo la noche. La oscuridad total en el día, la oscuridad mas absoluta en mi alma. 
Verlo allí, en su silla, tan quieto, tan absolutamente inmóvil, con la cabeza gacha. . . 

No supe más de mi. No pude razonar. Me desesperé. 

Corrí a abrazarlo y mi alarido fue tan pero tan grande que atravesó mi garganta y laceró mis tripas. 
El dolor que sentí fue tan íntimo y profundo que no cupo nunca más dentro de mi cuerpo. 

Mis gritos fueron aullidos que salieron de lo más profundo de mi alma. Todas las lastimaduras de mi espíritu quedaron en carne viva. 

Quedé desgarrada. 

Nadie escuchó los gritos que mi rostro expresaba. 

La tormenta de mi alma bañaba mis ojos, la tormenta del mundo inundaba las calles. 
Salí a la vereda. . . grité. . . pedí auxilio. . . nadie escuchó. 

Golpeé a puertas que no abrieron. . . supliqué a corazones que se cerraron. 


No había muerto aún. Era sólo el anuncio escalofriante de que estaba próxima. 

Me transformé en la espectadora de esa lucha única y personal del hombre que pelea y se niega a entregar su existencia. 














Recordando















Pasaron 2 largos años llenos de soledad y tristeza. 

Hoy hubiera sido nuestro aniversario 31. . . 31 años de estar juntos que no pudieron ser. 
Decidiste emprender este viaje hace 2 años y 5 meses. Y aún te extraño muchísimo. A veces despierto con mucha ansiedad esperando verte atravesar mi puerta, y pese a que sé que físicamente no estás, igual te espero.

Son muchas las madrugadas en que deambulo, tomo 1 café y espero. . . siempre espero que por un instante vuelvas a mi. 

Son muchas las veces que tengo la necesidad de conversar con vos y en mi interior mantenemos largas e interesantes charlas. 

Son muchas las veces que siento el calor de tu mano tibia que toma la mia y la dulzura de tus besos en mis mejillas. 

Amor, te cuento que cuando decidiste descansar por un tiempo, nos mudamos a Neuquén y al embalar todas nuestras cosas encontré tus escritos cuidadosamente guardados en el fondo de un cajón protegidos por un lindo envoltorio cual si fuera el mejor de tus tesoros. ¡Y lo era! Si bien los los conocía, nunca había notado que en ellos reflejabas tu personalidad, cuestionadora y reflexivas, tu alma noble, tu espíritu fuerte y lleno de coraje, tu humor naif… Tu entrega era total con un papel en blanco y un bolígrafo en tus manos. Me alcanzabas tus escritos con orgullo. Tus ojos pícaros me decían: ¡Mirá! No está bueno lo que escribí para vos? Y esperabas ansioso la reacción de mis ojos, de mi rostro, de mi boca. . . Te pido perdón por no haber disfrutado lo suficiente de esos momentos, por no darles la importancia debida que tu ansiedad esperaba, por ignorar lo valiosa que fui para vos. 

Hoy siento un gran agradecimiento por tu amor sincero y por tu respeto.,pero para llegar a este hoy, pasé por mucho dolor, por contradicciones emocionales increíbles que no podía manejar. Mi alma paseó por oscuros senderos sin poder evitarlo; entre el amor y el odio en un abrir y cerrar de ojos. Cuando te fuiste mi espíritu se comportó como las hojas secas a merced de los fuertes vientos neuquinos, arrimándose a veces al dolor y otras al miedo a ponerme de pie, a continuar mi camino sin vos. Tuve broncas que ni yo misma entendía los porque de ellas y muchas, muchas ganas de gritar, de tenerte frente a mí y pegarte hasta cansarme, hasta que mi grito traspasara todas las fronteras del universo, hasta destruirme las manos, hasta quedarme sin piés. . . Y te eché todas las culpas de mis inseguridades, de mis temores, de mis fracasos. . . 

Te habías marchado sin mi. 

En este transitar tu ausencia conocí todos los odios, rencores, resentimientos que nunca me imaginé que pudieran existir en mi corazón; y culpa, mucha culpa. tanta que deje de dormir por mucho tiempo pensando que tal vez yo hubiera podido hacer algo mas para retenerte a mi lado, para ganarle a tu muerte y regalarte aunque sea un día mas a mi lado 

Hoy que comprendí con mi propia vida, que la vida y la muerte son las dos caras de la misma moneda, que la muerte era el descanso que necesitaba tu cuerpo para tomar fuerzas y regresar en otra existencia con mas energías, con mas ímpetu, con mas ganas de vivir nuevas experiencias. También comprendí que luego seguiré tus pasos y, que en algún momento de nuestro circulo de existencias y muertes, volveremos a encontrarnos, como vos querías y juntos comenzaremos un nuevo camino. 

Hoy estoy con el corazón en paz. Y sigo amándote, y duermo tranquila. 

He vuelto a sentirme feliz. 
Gracias 











Doña rosa, más reconfortada, echó a volar su imaginación por otros
senderos buscando paz y sosiego para su alma. Su espíritu sobrevoló sobre
otros paisajes que le dejaron un agradable sabor dulzón en la lengua y
esperanza en el corazón.

Su jardín se había secado, pero ahora sentía que resurgiría sobre su propia
destrucción.











































Imaginación

 Imaginación.

 comprende tres cuentos: 

La muerte del arbol 
El camino de las lilas 
La princesa de mi castillo llamada Alibeth
 






La muerte del arbol






Hoy es mi día especial para encarar este tema. 

En mi jardín, tenía un olmo inmenso, de más de 10 m de alto, con sus raíces exageradamente largas e invasivas. Sus brazos desordenados y enormes eran verdaderos árboles aéreos de gran porte que cubrían los techos y cobijaban los nidos de los horneros. En su copa cientos de pájaros alegraban mi despertar por las mañanas y me protegía del intenso sol en el verano. 

Un mal día decidí sacarlo y contraté un “arbolero” que pasó muchas horas estudiando, analizando el lugar exacto en que anudaría las sogas; el momento justo en que sus compañeros jalarían de la misma para coincidir con el último hachazo que haría caer esa rama en el lugar indicado. 

La contienda entre el olmo y el arbolero fue feroz. Sus ramas respondían con dureza a los hachazos, se agitaban, cimbraban con fiereza ante cada golpe, silbaban con el viento y ese silbido se asemejaba mucho a un aullido de dolor. Presenciar esta lucha entre el árbol y el arbolero fue estresante para mí y una agonía lenta y dolorosa para el olmo. Sus raíces le impedían huir de su asesino. 

Intente acariciar su tronco lastimado por los primeros golpes y me conmovió ver unas enormes gotas melosas y oscuras derramarse, lentamente, por su corteza, dándole un terrible marco a la dolorosa y lenta muerte del árbol. 

Sentí dentro de mí una congoja indescriptible. 

Palpité su dolor. 

Me quebré por la culpa. 

Mi corazón se estrujó. 



La princesa de mi castillo llamada Alibeth





La princesa de mi castillo llamada Alibeth








Una vez, hace tantos años que ya parece una leyenda, una Hermosa princesa llamada Alibeth habitaba mi Castillo grande, cálido, fuerte y contenedor. 

La mamá de la princesa de mi castillo pensaba que Alibeth era un poquitín tímida. Al menos eso creía ella, y como la amaba con locura quería evitarle los todos los sufrimientos de la vida, las decepciones a las que se vería expuesta al crecer, así que decidió atarla a la pata de la cama con un hermoso lazo de seda rosa, para que nada ni nadie pudiera lastimarla. 


Alibeth no podía salir, ni tener amigos, ni nada. 

Todo lo tenia dentro de mi castillo, cálido, grande, fuerte y contenedor. 


Pero, como siempre hay un pero en todas las historias, Alibeth creció y comenzó a soñar, y a anhelar otras experiencias. 

¿Cómo podría hacer para vivirlas si estaba atada a la pata de la cama?... 


Ella no quería tampoco lastimar a su mamá, así que pasaba día tras día sin oponer resistencia, pero su alegría iba desapareciendo poco a poco, hasta que una noche, en un dulce sueño se le apareció su hada madrina y le hizo ver que su lazo la mantenía atada a la pata de su cama porque era ella misma la que no se atrevía a desatarlo y salir del castillo a explorar nuevos mundos y si no se atrevía era porque aún no estaba preparada para partir. 

Alibeth despertó sintiéndose extrañamente feliz, satisfecha. Cerró sus ojos con fuerza. Se hizo finita, finita, finita, hasta que su finitud fue tanta que se volvió un hilo luminoso que se deslizó suavemente por entre los pliegos del nudo de seda rosa. Y se elevó, sobre el castillo convertida en un pájaro de luz. Dio unas vueltas sobre él en señal de despedida y agradecimiento. Quería impregnar sus retinas con la calidez, el amor y el confort que la contuvo hasta entonces y voló tan alto como sus alas se lo permitieron, tan alto como ella se lo propuso buscando nuevos horizontes. Había comprendido que las experiencias ajenas no le servían y fue en busca de las propias.